Reflexión

La felicidad y el fútbol de menores

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Escrito por: Martín Salinas Cisneros, @amrtinaslinas

 

La experiencia de un niño en el fútbol formativo no debe reducirse a la afirmación o pregunta sobre si “llegó” o “no llegó”. Es decir, si se convirtió en futbolista profesional o si se dedicó a otra cosa. Más allá de la estadística que nos dice que solo un mínimo porcentaje de jóvenes vivirá el fútbol como profesión, la instancia de divisiones menores tiene un compromiso ineludible con la educación de jóvenes a través del deporte. Si bien las canteras de un club de fútbol no forman parte de la educación formal, sus objetivos educativos no pueden desligarse de aquellos de una educación ciudadana y moral, reflexiva y crítica con el ejercicio del deporte y de la vida.

Conocemos casos de chicos que viajan en pésimas condiciones de transporte y durante largas horas de ida y vuelta a entrenar, y que lo hacen durante años. ¿Qué les estamos ofreciendo a estos chicos que invierten, en muchos casos, gran parte de su niñez y adolescencia en ser futbolistas? No basta con ofrecerles un sueño, que incluso muchas veces no tiene correlato alguno con la realidad. Integrando las particularidades de los niños y de los contextos en que se desarrollan, la implementación de un programa de divisiones menores tiene, explícito o implícito, consciente o inconsciente, un impacto en el desarrollo moral, social y político de los jóvenes. Hacerlo explícito y tomar conciencia de este impacto permitirá comprender mejor nuestro quehacer, transformar aún más lo que hagamos y producir acciones más capaces.

¿Qué les estamos ofreciendo a nuestros jóvenes deportistas? Repetimos que necesariamente hemos de justificar educacionalmente (y no solo como “un sueño posible”) aquello que estamos implementando como “fútbol base”, “divisiones menores”, “divisiones formativas”, “fútbol formativo”, “canteras”, “calichines”, etc. Es deber de los clubes de fútbol definir una postura que eduque bajo una ética de mínimos y máximos. Nos referimos a que: la educación a través del fútbol tiene que vivirse necesariamente como un espacio donde 1. establecer mínimos que nos permitan vivir civilizada y democráticamente en contextos diversos, que sería concerniente a la educación ciudadana, y que pretenda formar ciudadanos responsables y activos en democracia; y 2. encontrar el sentido último de la vida de un individuo (¿por qué vivimos? ¿qué significa la vida buena? ¿qué es la vida feliz?), y que sería concerniente a la educación moral.

Martí Perarnau relata en su libro Senda de campeones: De La Masia al Camp Nou la experiencia de Carles Folguera, pedagogo y actual Director de La Masia del Barcelona. Folguera señala que siempre les dice a los chicos:

“una frase que hemos de tener muy clara: yo intentaré haceros felices. Un chaval que está diez meses al año fuera de casa ha de ser feliz y estar en un buen ambiente, pero también ha de aprender a picar piedra. Todo lo que hacemos, tenemos que hacerlo al 100%. Una hora y cuarto de refuerzo, al 100%. Entrenamiento, al 100%. Cuatro o cinco horas de escuela, al 100%. Voy al cine con los amigos, al 100%.”

El Director de La Masia también cuenta que cada vez que se reencuentra con Pep Guardiola, este le pregunta lo mismo: “¿Son felices los chavales?”. “Dice Pep que si un niño de 14 o 15 años, que se está formando, no es feliz yendo a entrenar, seguro que nos estamos equivocando en algo. Por eso, a los niños y a los educadores, les digo siempre lo mismo: al 100% y a ser felices”, concluye Folguera. Debemos aproximarnos a una educación ciudadana y moral que tome en cuenta los derechos humanos, pero que también realce al individuo en sí mismo, buen ciudadano y no vacío, sino con motivación y pasión por lo que hace.

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