Reflexión

El estilo del entrenador y su influencia en el aprendizaje

tumblr_o086g1B6VV1qaznnlo2_1280

Escrito por: Martín Salinas Cisneros, @amrtinaslinas

A partir de lo que vemos los fines de semana en la Copa Federación y desde una perspectiva de desarrollo psicológico y procesos educativos, hacemos un análisis del estilo de entrenador de menores y su influencia tanto en el clima moral del equipo como en el aprendizaje de cada joven. Para ser capaces de proponer alternativas de intervención en el fútbol formativo peruano es urgente hacer una reflexión crítica de los métodos utilizados por el entrenador de fútbol, dada la relevancia de su rol como líder.

Vimos, el pasado fin de semana, una serie de interacciones de los entrenadores de Copa Federación y sus jugadores sobre las que queremos llamar la atención, con el objetivo de reflexionar de manera crítica sobre el rol del entrenador de fútbol como docente. La Copa FPF es un espacio privilegiado para observar íntimamente los procesos de fútbol formativo sobre los que luego se centrarán los análisis y las respuestas a los pobres desempeños domésticos e internacionales a nivel de clubes profesionales, así como en la Selección Nacional. Para no caer en obviedades y en una crítica demasiado superficial, escribimos sobre la formación desde el lugar donde se forjan los futbolistas profesionales del futuro con la intención de seguir complejizando el debate.

Entrenador-militar

¿Es realmente necesario que el entrenador de fútbol se construya como una persona a la que se le deba, en cierta medida, temer? ¿Es acaso lo mejor para los chicos? Vimos a un entrenador dirigir un partido entero aparentemente muy enojado, hacer casi exclusivamente énfasis en los errores de sus pupilos y en ningún momento referirse a los aspectos positivos del juego propuesto. Lo vimos, además, realizar algunas intervenciones cargadas de agresión hacia sus jugadores. A raíz de todo ello nos preguntamos: ¿es “formativo” el fútbol de menores de la Copa FPF?

A veces, pareciera que a la hora de dirigir los entrenadores deben prescindir de afectos como la alegría, el optimismo y el buen humor. Al mismo tiempo, es como si convertirse en futbolista supone necesariamente deshacerse de la razón y de la posibilidad de comprender el juego, para solo seguir una serie de indicaciones –algunas, como decimos, cargadas de violencia– de manera mecánica. La militarización del fútbol formativo dicta que la dirección de un equipo de fútbol pasa exclusivamente por que los niños “ejecuten” correctamente al ritmo de los gritos “¡corre!”, “¡patea!”, “¡pásala!”. Si antes de que el niño reciba el balón ya le estamos diciendo lo que tiene que hacer, éste no aprenderá a tomar decisiones de manera autónoma.

Vemos entrenadores que se refieren a sus jugadores por apodos de connotación racial y no por sus nombres. Vemos un excesivo foco sobre el hacer, mas no el comprender, una serie de instrucciones que no preparan al futbolista para ser cada vez mejor y que no se traducen en experiencias de aprendizaje. La infinidad de situaciones que propone este deporte debería aprovecharse para generar reflexiones, conflictos cognitivos y la posibilidad de construir conjuntamente diversas alternativas de acción.

“Juégueme suelto, Fontana”

¿Cómo exigir tranquilidad para jugar luego de haber ellos mismos, los entrenadores, generado un clima de tensión desbordada que sin duda socavará la capacidad del niño, que deteriorará su creatividad y aún más el disfrute por el juego mismo? Un entrenador le vociferaba a un niño que ingresaba desde el banco de suplentes una infinidad de indicaciones tácticas pero, sobre todo, le exigía que estuviera tranquilo. Luego de que el recién ingresado perdiera un balón en ataque, el entrenador gritaba a algunos colegas algo muy parecido a “¿¡No ven que es inocente!? ¡Pero qué inocente es para jugar!”. Nos llamaba la atención que se exigiera tranquilidad y frescura para jugar en condiciones en las que el común de los niños se sentiría incómodo o asustado. El propio entrenador demostraba aquella intranquilidad que precisamente pretendía evitar.

Quizás sea pertinente leer la anécdota –y posterior reflexión– de “Juégueme suelto, Fontana”, que relata Ángel Cappa en su libro ¿Y el fútbol, dónde está? En ella se exponen los problemas de un técnico que se obsesiona con preverlo todo en el aspecto táctico y psicológico y que recarga a un jugador que va a ingresar a jugar con demasiadas indicaciones. En realidad, no hace más que aturdirlo y/o confundirlo. Finalmente, termina con el pedido, inmensamente contradictorio, de “juégueme suelto, sin preocuparse por nada”. Ser creativo y atreverse en esas condiciones, difícil.

Los árbitros, una vez más

En la Copa Federación se escucha a cada rato a los técnicos quejarse con el árbitro: “¡Profe!”, gritan. Las energías para reclamar algún fallo arbitral nunca faltan, y se ubica al juez como protagonista central de lo que sucede en el partido. Percibir que los eventos de un partido de fútbol ocurren principalmente como resultado de las decisiones del árbitro no hará más que restar importancia al propio desempeño y a aquellas cosas sobre las que sí tenemos control, desprendiéndonos de la responsabilidad de nuestras acciones. Bajo esta lógica, lo crucial del esfuerzo, la dedicación y el talento quedará opacado por la actuación de una persona que, también en el fútbol de los niños, es víctima de múltiples reclamos y agresiones verbales. Es incluso irrelevante la valoración que hagamos de la actuación arbitral: es muy probable que las quejas vengan de ambos lados y respecto a las mismas jugadas.

Llegamos a escuchar el siguiente diálogo entre un jugador y un miembro del comando técnico de una categoría finalizado uno de los partidos:

J: ¡Ese árbitro es una cagada!

CT: ¿Una cagada? ¡Un recontra cagada!

El respeto y el fair play deben ser los ejes del fútbol formativo. Los distintos agentes que intervienen en el fútbol de menores estarán de acuerdo en esta afirmación, pero es hora de traducirla en prácticas docentes reales, lo que no parece estar sucediendo verdaderamente. Los entrenadores tienen una responsabilidad enorme en la formación de jóvenes deportistas, y este tipo de interacciones no hacen más que, por un lado, reforzar las ideas de que nuestras frustraciones son producto de las decisiones del árbitro y, por otro, faltar el respeto a quien tiene un rol protagónico –mas no exclusivo– en el cumplimiento de las reglas de juego.

Por otra parte, los gritos a los árbitros de parte de los padres de familia también se han normalizado absolutamente. Si bien los padres no son el foco de este artículo, los ponemos sobre la mesa para evidenciar nuevamente cómo nos hemos acostumbrado (y creemos que es parte intrínseca de la Copa FPF o simplemente “parte de”) a que se les diga “vendidos” o calificativos mucho peores a los árbitros.

Estamos hablando, en general, de un ambiente que puede promover reacciones violentas en los chicos. Es un ambiente, además, que tenemos responsabilidad de haber generado. Y es por lo menos curioso como luego nos estamos quejando de cómo reaccionan los menores. Hubo una pelea en una de las categorías y automáticamente surgieron los pedidos de un castigo drástico para los implicados. Una sanción, razonable y proporcional a la falta, sin duda será necesaria, pero por sobre todo,  por tratarse de un espacio educativo, estos acontecimientos deberán servir para lograr algún tipo de aprendizaje en el control de impulsos, en el reconocimiento del rival como igual a uno, y con ello ir construyendo principios de respeto, juego limpio, cooperación y justicia. El diálogo y la reflexión deben introducirse como pilares fundamentales del fútbol formativo. ¿Cómo hacerlo cuando los propios entrenadores no los reconocen como aspectos clave e incorporan en su práctica docente?

Fútbol, llamado a la reflexión

¿Esto es lo que llamamos formativo? Como mencionamos, casi todas las personas reconocerán  que son importantes “los valores” y que es más importante formar “mejores personas que futbolistas”, pero en realidad una cosa es decirlo y otra muy distinta comprenderlo en su verdadera dimensión, razonarlo, deliberarlo constantemente y llevarlo a la práctica del día a día.

Con este artículo buscamos hacer un llamado a la reflexión. Creemos que el fútbol de menores debe ser necesariamente un medio para enseñar a pensar críticamente a los niños y jóvenes sobre lo que sucede en el juego desde el plano técnico, táctico, físico y psicológico, pero sobre todo desde una perspectiva ética. Se debe tener en mente siempre que todo aquello que sucede puede ser una experiencia de aprendizaje para los chicos.

Hay que contribuir a la formación de futbolistas inteligentes, que sean capaces de comprender el juego y que tomen buenas decisiones de manera autónoma para resolver los problemas que les propone el partido. Asimismo, que complejicen sus relaciones sociales con los entrenadores y con sus compañeros en una dirección que promueva el respeto y la cooperación como base de un fútbol no solamente mejor jugado sino más justo y más digno.

SUBIR