Reflexión

La competencia deportiva en la educación de los niños: ¿buena o mala?

Escrito por: Martín Salinas Cisneros, @amrtinaslinas

 

La competencia deportiva, así como la práctica deportiva, no es buena por sí misma. Es, más bien, aquello que hacemos de ella a través de los procedimientos y objetivos pedagógicos lo que la hará valiosa formativamente. Cuestionarnos el valor educativo de la competencia deportiva en una sociedad con un modelo económico altamente competitivo es una tarea que no debemos evadir.

Una visión crítica

En primer lugar, queremos resaltar la necesidad de incorporar en la práctica docente una visión crítica del papel educativo de la competición deportiva, de sus límites y posibilidades, y de cuestionarnos los aspectos positivos y negativos de la misma. En una sociedad obsesionada con la competencia y con un relativismo moral imperante*, el deporte mal conducido muchas veces no prepara al conjunto de sus practicantes para una vida buena y una vida justa, sino que, todo lo contrario, los educa para conseguir el éxito a través de cualquier medio. Un modelo económico altamente competitivo que se extiende a otras áreas de la actividad humana (como el deporte) puede también minar el sentido formativo de este, y del fútbol de menores específicamente.

Es común que exageremos en la aplicación del “espíritu competitivo” en nuestros ambientes de relación, convirtiendo la competitividad en algo perjudicial para la convivencia o las relaciones humanas y sociales saludables. Por ello, es imprescindible que estemos atentos a todos los aspectos vinculados a la práctica del deporte para que sea, de hecho, una actividad que promueva el desarrollo humano y social. Si no construimos una mirada crítica de la competencia deportiva, corremos el riesgo de reproducir únicamente el modelo del alto rendimiento o del fútbol profesional, y de negar la posibilidad de utilizar la competición como herramienta educativa.

El fútbol de los niños no debe perder nunca su carácter lúdico, creativo y, sobre todo, educativo, por lo que ejercer una presión desmedida sobre aquellos niños sobre los que los adultos construyen grandes expectativas de rendimiento (y de negocio, seguramente también) puede tornarse perjudicial para su desarrollo (ver síndrome de ‘burnout’). Foto: Fundación Creer.

Contexto histórico, límites y posibilidades

El deporte, consciente o inconscientemente, cumple un rol político en la educación de los jóvenes y en la organización de las sociedades y los estados. El deporte y la competencia, en general, han sido utilizados a lo largo de la historia de diferentes maneras, relacionándose por ejemplo con la religión (homenaje a los dioses en la Grecia antigua), la alienación de la población (combates de gladiadores y ejecuciones públicas en el Imperio Romano), la instrucción militar (siglos XVIII-XIX en Europa) o como vehículo de propaganda política (Alemania nazi durante los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936).

Entender críticamente esto implica darse cuenta de por qué hoy en día, en plena época de los “mega eventos deportivos”, es muy común calcar de forma muy fiel el deporte de alto rendimiento con los niños que se están iniciando recién en la práctica deportiva, cuando se debería cuidar mejor las cuestiones educacionales. En este sentido, consideramos que la competición puede usarse tanto de forma positiva como negativa en la iniciación y especialización del fútbol.

En el fútbol base, la idea es que el carácter educativo y el participativo del deporte sean preponderantes sobre la performance. La inclusión social, la cooperación, el juego limpio, el bienestar, la salud y la diversión deben ser los ejes del fútbol formativo. El deporte de alto rendimiento está destinado solo a unos pocos, y la idea es que la buena formación a través del fútbol sea para todos, más allá de sus habilidades particulares para jugar.

Estimular el “aprender a ganar” y el “aprender a perder” es más importante que simplemente “ganar” y “perder”. Asimismo, es indispensable estimular el gusto por el juego en sí mismo. Hay en la competencia recompensas muy grandes para los niños más allá del ganar y el perder, que tienen que ver principalmente con vivir experiencias educativas que serán provechosas para su desarrollo como deportistas y como seres humanos.

“La idea es que el carácter educativo y el participativo del deporte sean preponderantes sobre la performance.”

La influencia del entrenador y la competencia en un sentido positivo

Como hemos señalado en un post anterior, el enfoque que adopte el formador es clave dada la relevancia de su rol como líder y su influencia en el clima moral del equipo. Lamentablemente, en escuelas base e incluso en colegios, el modelo del alto rendimiento aún está muy presente, desvirtuando espacios de aprendizaje que deberían servir más para fomentar cuestiones más sustanciales, como la participación de todos y todas y la construcción de la ciudadanía. Las escuelas de fútbol y los profesionales que trabajan en ellas no deberían ser evaluados en términos únicamente de los resultados de sus equipos, sino primordialmente en cuanto a los procesos con los que los consiguen.

Cómo hacer verdaderamente educativa la competencia deportiva es el gran desafío que se debe afrontar. Buena formación, para todos. Luego vendrá el alto rendimiento y el fútbol profesional, para algunos. Foto: Fundación Creer.

¿Puede ser valiosa educativamente la competencia? La verdad es que, como con el deporte en general, la competencia es lo que hagamos de ella. El primer paso para que la competencia traiga beneficios es no negarla. La competición pensada como un proceso, como un contenido dentro de ese proceso, cuidada, impregnada de principios pedagógicos puede ser enriquecedora. Por ejemplo, que la competencia no es la destrucción del otro, sino más bien que se compite con –y no contra– otro, para entender que se aprende con otro: los grandes jugadores de la historia llegaron a ser quienes fueron por haber competido, y seguramente perdido, contra jugadores de alto nivel. Esto les exigió a mejorar cada vez más.

Señala el profesor y pedagogo del deporte Alcides Scaglia, de la Universidade do Futebol, que pensar en la competencia es, por ello, pensar en la posibilidad de que los niños encuentren en los otros un desafío para auto-superarse. Competir implica querer ganar los juegos que se disputan y creemos que no hay nada intrínsecamente equivocado con eso. Lo que tenemos que discutir es cómo tratar esa competición: a qué darle qué valor determinado al momento de educar a través del balón. Estimular la creatividad, la autonomía y el desafío tienen que ser lo esencial de la competencia, y no solo el resultado numérico al final de esta.

 

* El relativismo moral es la creencia que da igual valor, legitimidad, importancia y peso a todas las opiniones morales y éticas, con independencia de quién, cómo, cuándo y dónde se expresan. No debe confundirse, aquí, el relativismo cultural con el relativismo moral: el primero simplemente asume que hay costumbres, hábitos y valores morales que varían culturalmente, mientras que el segundo, además de aceptar esto también asume que dichas diferencias son lógicamente inevitables, y que no hay principios racionales o método alguno que pueda reconciliar las diferencias que se observan en las creencias morales de las personas, pues estas dependen de los particulares culturales o subjetivos de cada quien. El error está en pensar ambos planos como uno solo, o como meramente intercambiables.

 

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