Reflexión

El rol de los padres de familia y la dicotomía de los “buenos” contra los “malos”

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Partimos de un par de anécdotas personales para cuestionar el rol que los padres de familia ocupan en el desarrollo de sus hijos futbolistas. En la siguiente nota nos preguntamos –y esbozamos algunas respuestas– por qué es peligroso etiquetar, dentro del fútbol, a propios y extraños como buenos y malos respectivamente, y evaluamos cómo, desde casa, involucrarse de la manera correcta en el desarrollo de los niños futbolistas.

 

Cuando era niño, acompañaba fielmente a mi padre a sus partidos de fútbol. Iba con mis hermanos y pasábamos largas horas jugando alrededor de la cancha y viendo los apasionantes partidos de fútbol y fulbito en los que él muy frecuentemente participaba. Siempre que mi papá jugaba yo estaba convencido, a mi corta edad, que se trataba de una batalla entre buenos y malos, siendo evidentemente el equipo de mi viejo el de los buenos (y él una mezcla de capitán con mejor jugador). Vivía desde fuera los partidos como auténticas disputas entre el bien y el mal, despreciaba a sus rivales y sentía que sin duda alguna el árbitro los estaba favoreciendo injustamente. Sufría las derrotas como verdaderas pérdidas del honor. Bajo esa mirada fanática, me confundía, me parecía inconcebible y me molestaba que, finalizados los partidos, mi papá se saludara con sus contrincantes cordialmente, que se abrazara con algunos de ellos y que compartiera risas aparentemente sinceras con otros que parecían ser sus amigos. ¿No eran acasos sus rivales la mera expresión de maldad y juego sucio? ¿Qué hacía entonces mi viejo compartiendo fraternamente con ellos?

Esa manera de definir a las personas y a las cosas –como buenas (“nosotros”) o malas (“ustedes”) únicamente– es la esperada para un niño de seis u ocho años. No obstante, en nuestro contexto no es exclusividad de los niños y es muy común observar esa simplicidad cognitiva en adultos dentro del ámbito deportivo. Cabe mencionar, además, que mantener esa óptica no solo es limitante para la construcción del pensamiento, sino que es además peligroso para los procesos de desarrollo moral de las personas y las sociedades. Me he vuelto a encontrar con este tipo de pensamiento dicotómico en algunas aproximaciones que he tenido al mundo del fútbol en nuestro país. Una de estas la comparto a continuación.

Trabajé en un club de fútbol de menores durante un tiempo y, en días de partido, era una constante escuchar a los padres de familia de un club u otro reclamar al árbitro a lo largo de toda la jornada. Encuentros de niños de doce años en donde los padres se volvían los protagonistas al sentir, fanáticos, que el árbitro favorecía descaradamente a los rivales, que los otros “jugaban con las manos” (refiriéndose a un supuesto uso excesivo de empujones, jalones y golpes con las manos y brazos) y que sus similares del otro equipo eran unos “faltosos”. Me parecía sumamente curioso cómo, cuando pasaba de la barra de un equipo a la del otro –dentro de un mismo partido­– los comentarios se replicaban en sentido opuesto. ¿Quiénes tenían la razón? ¿Cómo era eso posible? Esta serie de acciones negativas eran únicamente percibidas en el otro (o en el árbitro pero siempre en contra de uno y a favor del otro).  Creo que se trata de algo similar al ejemplo mío con mi papá. Ahora bien, en este caso se trataba casi siempre de adultos, agentes del proceso educativo y de desarrollo (deportivo, social, moral) de sus hijos, y existe sin duda una responsabilidad mayor en la manera cómo conciben el juego de los niños y en cómo se comportan en los partidos de fútbol.

La psicología deportiva propone que la mejor manera de considerar a los rivales deportivos es como iguales a uno mismo. Son iguales a uno en el sentido de que tienen muy similares deseos, metas y objetivos, así como procesos de entrenamiento, obstáculos y sentimientos. El rival es aquel que permite que haya juego, es indispensable y de lo contrario no existiría el partido de fútbol. Aquel al que hay que vencer es, en todo caso, a uno mismo, siendo el rival simplemente el que facilita el juego. Este enfoque es aún más relevante en contextos educativos, donde se debe promover el esfuerzo personal y la competencia con uno mismo, conjugándolos con la inclusión de todos los niños y niñas que quieran participar, así como con el respeto por el adversario, los compañeros y el árbitro.

Retomando el asunto de los padres de familia de niños futbolistas, sabemos que es una problemática real y compleja, la que hemos constatado en la Copa Federación y sobre la que hemos escrito basándonos en situaciones observadas directamente, como en este artículo y en este otro. Creemos que no solo es esperado sino también recomendable que los padres se involucren afectivamente con el acontecer deportivo de sus hijos. El camino para convertirse en futbolista profesional requiere indiscutiblemente de figuras de apoyo y contención como son los padres y madres. Estamos seguros, además, que muchos padres ejercen día a día un rol abnegado y que promueven notablemente el crecimiento de sus hijos tanto en lo deportivo como lo personal. La intención de este artículo, en todo caso, es llamar la atención sobre los excesos en los que comúnmente caen los padres, que muchas veces asumen equivocadamente el rol de entrenador desde la grada o que presionan a sus hijos en exceso con la “buena” intención de sacar lo mejor de ellos. Es deber de los padres de familia pensar constantemente su rol como educadores y que su apoyo –valioso– no se confunda con la sinrazón del fanático.

La incapacidad de mirar al compañero o rival de un hijo futbolista con empatía, de ser imparciales al momento de juzgar lo que sucede en los partidos y de identificar matices en los conflictos de un juego inmensamente complejo como es este –reduciéndolo siempre a posturas de blanco y negro– contribuye a generar una cultura donde el insulto, la agresión, la intimidación o la violencia puedan legitimarse o validarse. Al día de hoy, el fútbol ha permitido suficiente de esto como para andar promoviéndolo directamente o haciéndonos de la vista gorda sobre problemáticas reales que, además, podemos identificar cada fin de semana.

 

Escrito por: Martín Salinas Cisneros, @amrtinaslinas

 

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