Reflexión

Algunas ideas sobre cómo (no) enseñar valores en el fútbol de menores

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Escrito por: Martín Salinas Cisneros, @amrtinaslinas

 

A continuación, repasamos y discutimos brevemente algunas ideas comunes sobre la enseñanza de valores en el fútbol desde una perspectiva crítica. Creemos que existe una necesidad de (re)pensar la educación moral y ciudadana en el deporte a partir de las disciplinas de la ética y la psicología del desarrollo. ¿Cómo es que, realmente, formamos buenas personas en el entrenamiento del día a día?

 

¿Buenos futbolistas, mejores personas?

En educación, así como en el fútbol, existe consenso sobre la necesidad de formar ante todo buenas personas. Sin embargo, es común que dichas intenciones de formar el carácter, la moral, la ciudadanía o como le llamemos, no se traduzcan en prácticas educativas reales y de aprendizaje significativo. Dentro del fútbol aún nos valemos del sentido común en torno a la enseñanza de valores, a pesar de que desde la pedagogía del deporte, la ética y la psicología del desarrollo se ha construido un conocimiento importante al que todavía no se le presta la debida atención.

Sabemos que no hay una asociación directa entre patear un balón y convertirte en un buen ciudadano. Sabemos, por el contrario, que en nuestro contexto el fútbol está asociado a muchas expresiones culturales violentas y discriminatorias, y en muchos casos no es un espacio de desarrollo sino todo lo contrario. Entender esto tiene implicancias pedagógicas a considerar cuando declaramos que lo más importante es formar buenas personas antes que buenos futbolistas. En todo caso, todavía mantenemos creencias y prácticas equivocadas –algunas poco reflexionadas, otras más deliberadas, pero nocivas al fin y al cabo– e incompatibles con el objetivo planteado.

Es común observar dentro del mundo del fútbol formativo la concepción de “inculcar valores” todavía muy presente. Bajo esta idea, aparentemente inocua pero con implicancias pedagógicas reales, los valores se implantan dentro de un aprendiz pasivo que repite las directrices del entrenador. Sabemos que educar no es una cuestión tan sencilla como decir y esperar a que los niños hagan lo indicado. Esto puede parecer inofensivo pero en realidad esconde la idea de que los niños son objetos a ser manipulados, más que sujetos reguladores de su propio proceso de aprendizaje.

Asimismo, la creencia, absurda pero aún extendida, de que la firmeza del joven futbolista para soportar gritos, burlas y castigos de parte del entrenador y sus compañeros terminará forjando su carácter o su disciplina es equivocada, excluyente y nociva para el desarrollo de nuestros jóvenes y de nuestro fútbol. El enfoque militarista de la enseñanza del fútbol no promueve la construcción de la moral autónoma, sino la repetición mecánica de aquello que se diga (o grite, como se estila en nuestro fútbol macho) que debe hacerse. Esta idea de que el niño debe aguantarlo todo para formar su “disciplina”, incluso violenta en su propia definición, está asociada también al enfoque de “inculcar” valores y a habituarlos como por arte de magia en las mentes de nuestros niños. ¿No es esto más bien promover la deferencia acrítica a la autoridad? ¿Es la mera conformidad con las reglas preestablecidas, aún cuando estas sean injustas, el desarrollo moral y ciudadano que queremos?

“El enfoque militarista de la enseñanza del fútbol no promueve la construcción de la moral autónoma, sino la repetición mecánica de aquello que se diga que debe hacerse.”

Un estilo de entrenamiento demasiado controlador y directivo está asociado, por su parte, a un mayor número de acciones anti-éticas en contra de los propios compañeros y los rivales, en ambos casos mediadas por mecanismos de desconexión moral (“todos lo hacen” o “el entrenador me dijo que lo hiciera”, por ejemplo). Apoyar la autonomía –participativa y crítica– está asociado en cambio a conductas prosociales hacia los compañeros.

 

Sobre educar y adoctrinar

Lawrence Kohlberg (1927-1987), reconocido psicólogo del desarrollo moral, defendió la idea de que la moral es principalmente reflexión y razonamiento en torno a la idea de justicia. Es decir, se trata de la (re)estructuración constante de nuestras valoraciones sobre lo bueno y lo malo o lo justo y lo injusto. Si, cual instrucción canina, creemos que ser buenos es sinónimo de ser obedientes, estaremos validando una confusión que, aunque común, implica un problema grande. En este artículo queremos llamar la atención sobre la necesidad de repensar la educación moral y ciudadana a través del fútbol.

El fútbol es un excelente medio para educar. La intención de formar buenas personas debe traducirse en participación y reflexión crítica. / Foto: www.pasalaperu.org

Como bien señala Alfie Kohn, reconocido conferencista, académico, escritor y educador estadounidense, los valores no se enseñan asignando cada uno a un día determinado del mes o de la semana ni haciendo afiches sobre cada uno. De igual manera, tampoco se enseñan premiando las conductas deseadas u obedientes y castigando las indeseadas o rebeldes, homogeneizando las maneras de verse y vestirse de las personas con estrictas regulaciones estéticas y de uniforme y/o con otras medidas de mero adoctrinamiento.

Kohn expone la idea de que premiar y castigar las buenas y las malas conductas, respectivamente, supone un problema, puesto que la psicología ha demostrado que mientras más reforcemos a una persona (con puntos, premios o felicitaciones) es más probable que pierda interés en la conducta misma. Es decir, las personas que son recompensadas por hacer algo bueno son menos probables de pensarse a sí mismas como buenas, serviciales y/o atentas con los demás y más de atribuir su comportamiento a la recompensa. ¿Queremos generar la idea de que el punto de ser bueno es obtener recompensas?

El curso de Ética de la Escuela de Directores Técnicos de la Federación Peruana de Fútbol, al menos hasta hace unos años y en la administración anterior, era muestra clara de este abordaje adoctrinador. Por ejemplo, para una actividad determinada a los alumnos se los dividió en grupos y se les asignó un valor determinado (honestidad, respeto, solidaridad, etc.). Cada grupo debía exponer frente al resto de la clase el valor que le había tocado, incluyendo la definición, ejemplos, alguna fábula o metáfora y un decálogo. Resultó por lo menos curioso cómo se expuso sobre “la honestidad”, y luego en los exámenes el plagio fue parte fundamental de estos. Se expuso sobre “el respeto” y luego dos alumnos se fueron a los golpes y otro armó una pelea en la celebración del aniversario de la escuela. Se habló de “la solidaridad” cuando el coordinador se paseaba por la escuela investigando a quienes no habían pagado a tiempo para sacarlos de las aulas, al mismo tiempo que ofrecía por lo bajo y a menor precio el título de entrenador sin tener que llevar el curso. ¿De qué ethos estamos hablando entonces?

Otra idea equivocada con las que se suele afrontar el tema de la educación moral y ciudadana es que hay que, de alguna u otra manera, “arreglar a los niños”, puesto que existe hoy una “crisis de valores”. Esto implica, por supuesto, una visión negativa de la niñez y la adolescencia. Se cree que muchos de los problemas morales y ciudadanos del fútbol son producto de una erosión de valores en los jóvenes y en cambio la realidad social, política y económica es dejada de lado. Señalar al futbolista es reduccionista. Más bien, la evidencia científica demuestra que mucho de cómo actuamos refleja las situaciones en las que nos encontramos. Es necesario, por ello, ejercitar el carácter sin dejar de atender los mecanismos del propio sistema, que en gran medida determina los resultados de nuestro balompié. Antes de pensar en rehacer a nuestros jóvenes futbolistas, pensemos en reorganizar la estructura del entrenamiento y la competencia desde una perspectiva dual, que realce al individuo y su posibilidad de transformar el colectivo, y no solo la reproducción del sistema y la aculturación de sus nuevos integrantes a sus convenciones preestablecidas.

“¿Queremos generar la idea de que el punto de ser bueno es obtener recompensas?”

Por otra parte, la competencia descarnada que muchas veces se promueve en el fútbol debe ser reflexionada. Los demás, ¿son obstáculos para mi éxito? La perversión de esta idea es que desvirtúa las relaciones entre compañeros y entre rivales deportivos y tumba toda posibilidad de crear la experiencia de comunidad, que es clave para el desarrollo de ciudadanos participativos, críticos y cooperativos.

En cuanto al abordaje de la psicología deportiva como ciencia del rendimiento, consideramos que la educación moral y ciudadana no puede ni debe reducirse a una mera campaña de técnicas de auto-control, respiración y/o alguna estrategia específica de relajación (las que, por cierto, consideramos útiles). El problema de la educación moral en el fútbol, como ya hemos señalado, va más allá de poner en juego ciertas estrategias conductuales. “Tiene que ver, más bien, con la manera en que concebimos el juego, cómo nos relacionamos con el rival, con nuestros compañeros, qué significa para nosotros ganar, cómo queremos hacerlo, qué queremos obtener de esto que es dedicarse al fútbol desde donde nos toque o, también, qué rol cumple el juego de fútbol en nuestro desarrollo personal” señalamos en una oportunidad previa sobre el ejercicio filosófico que debemos emprender cuando intervenimos nuestro fútbol.

Finalmente, Kohlberg cuestiona el hecho de referirnos a esto como “educar en valores”. La educación libre de valores no existe, puesto que el proceso educativo al ser intencional tiene una carga valorativa. No hay educación que no sea educación moral. Siempre estamos enseñando valores. Consideramos que hacerlo explícito y reflexionar sobre qué valores y cómo estamos haciéndolo es urgente y necesario.

 

Educación, deporte y valores: conocimiento y posibilidades

Desde un enfoque constructivista, los niños y jóvenes deberían tener un rol activo en la toma de decisiones y la reflexión sobre cómo vivimos (y entrenamos, en el caso que compete a este artículo). Ahora bien, Kohn aclara que el hecho de que los niños deban construir significado alrededor de conceptos morales no significa que los adultos no tengan un rol crucial en su educación (este puede ser un concepto erróneo de lo que proponemos). Señala, entonces, que los adultos deben servir como guías, como ejemplo permanente, deben generar desafíos –cognitivos y motores– constantemente y ayudar a los niños a entender las consecuencias de sus acciones sobre los demás, tomando en cuenta la capacidad de adoptar perspectivas o tomar roles que está presente en los niños desde edades tempranas.

“Desde un enfoque constructivista, los niños y jóvenes deberían tener un rol activo en la toma de decisiones y la reflexión sobre cómo vivimos.”

¿Qué puede hacerse? Las reuniones de equipo pueden aprovecharse para que los niños compartan, planifiquen, decidan y reflexionen juntos, con el educador como guía. En un principio esto puede ser difícil al ser muy novedosa la posibilidad de reflexionar, pero eventualmente, por su naturaleza participativa, retadora e integradora, se convierte en una dinámica motivadora. En realidad, el abanico de posibilidades es más amplio de lo que creemos. Por ejemplo, pueden hacerse análisis de casos de conflicto moral en el deporte, los que suelen ser muy atractivos para las personas que disfrutamos de los deportes. Los casos pueden haber sido vividos por el propio equipo, vistos por televisión en algún partido de una liga importante o ser incluso hipotéticos. También podrían escapar a la esfera futbolística o deportiva en general. En el análisis de casos se pueden plantear opiniones, contrastarlas con las de los demás y complejizar los argumentos. Asimismo, podemos valernos de la organización de debates, juego de roles e incluso el teatro para poner en juego la adopción de perspectivas, al tiempo que los niños se desarrollan cognitivamente.

El curso de Ética antes descrito debe verse como un ejemplo de aquello que solo sirve como adoctrinamiento o que no genera ningún impacto sustancial. Si buscamos aportar a la educación moral y ciudadana de los deportistas debemos considerar necesariamente la posibilidad de que éstos reflexionen filosóficamente. Además, es importante que el guía ponga énfasis en cuestiones como por ejemplo cómo se sintieron, que promueva evaluar otras posibilidades de acción, y que piense permanentemente cómo hacer que las reglas sean acordadas con los niños, se hagan suyas también y que no sean simplemente órdenes dadas desde fuera y desde “arriba”. Esto es sin duda un reto grande, pero una responsabilidad que no se puede evadir desde el rol del entrenador.

Otra manera creativa de promover la reflexión ética es utilizar la literatura. Hoy más que nunca, la literatura futbolera ha ganado un terreno importante y existe mucho para leer sobre fútbol. Tanto de ficción, como de ensayo e historia, hay muy buenos libros de fútbol. Más allá de promover el desarrollo de buenos lectores, se trata de incentivar la reflexión filosófica en torno a situaciones que pueden ser percibidas como motivadoras. Así, es posible que los niños se sientan atraídos a apropiarse de las cuestiones morales, lo que es sumamente enriquecedor para el desarrollo de la autonomía moral.

Antes de pensar en rehacer a nuestros jóvenes futbolistas, pensemos en reorganizar la estructura del entrenamiento. / Foto: www.streetfootballworld.org

Otras iniciativas han incluso planteado incluir el impacto socio-moral en la construcción misma de juegos que promueven el desarrollo, la inclusión de género, la reflexión sobre derechos de poblaciones específicas (como las personas con discapacidad) e incluso sobre el medio ambiente. Coaches Across Continents, por ejemplo, es una organización que brinda consultoría, capacitación y recursos a nivel mundial en temas de deporte para el desarrollo, de manera sostenible y con una metodología de aprendizaje auto-dirigido. Streetfootballworld, por su parte, es una organización que ha desarrollado la metodología de “fútbol en tres tiempos” o football3. Esta, al igual que la propuesta de Coaches Across Continents, es en su esencia inclusiva, puesto que los niños y las niñas juegan juntos para la construcción de un fútbol y un mundo más equitativo. En ella, los juegos de fútbol se dividen en tres tiempos: en el primero se construyen colectivamente las reglas de juego y se llegan a acuerdos consensuados, en el segundo tiempo se juega y en el tercero se reflexiona y evalúa el juego, cómo se sintieron los participantes y si se cumplieron con los acuerdos.

De nada sirve hablar de valores si no los ponemos en juego con otros valores, como sucede cotidianamente en la vida y en el deporte en sus dilemas morales. De nada sirve hablar de educación y valores si no permitimos la reorganización constante de las estructuras de valores de los niños. Aprovechar la riqueza del conflicto, tan presente en el juego del fútbol, para que los niños y jóvenes futbolistas tomen decisiones éticamente sofisticadas y sean seres humanos preocupados por los demás es el reto más importante. El desarrollo moral y ciudadano se genera a partir del conflicto, cuando la persona interactúa consigo misma y con el medio en que está inserta. Se debe promover el discernimiento activo de actitudes y valores morales, y no el enfoque obsoleto del “inculcamiento”.

 

Fuentes:

“The Philosophy of Moral Development”, Lawrence Kohlberg

“How Not to Teach Values: A Critical Look at Character Education”, Alfie Kohn

 

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